miércoles, 17 de septiembre de 2008

Hijos de una segunda oportunidad


(Artículo aparecido en revista de Psicología - no dispongo del nombre de la publicación - escrito por Beatriz San Román)



Es frustrante para muchas nuevas parejas

no lograr una mínima armonía con los hijos

del otro. No es fácil, requiere mucha calma,

pero sobre todo necesita tiempo y mucho

respeto para inventar nuevas costumbres,

nuevos ritos que no excluyan a nadie de casa





Paralelamente al aumento de los divorcios crece el número de familias en las que al menos uno de los miembros de la pareja aporta hijos de una relación anterior. Le llaman familias reconstituidas, grupos familiares en los que los roles no están predefinidos. A los retos que conlleva la convivencia en pareja se une el de establecer nuevas reglas del juego que satisfagan las necesidades de grandes y pequeños. Para los niños, no suele ser fácil aceptar la irrupción en sus vidas del novio de mamá o la nueva mujer de papá. Para los adultos, tampoco lo es encontrar su papel en la vida de los hijos del otro.


No existen reglas ni recetas mágicas sobre cuánto o cómo implicarse en la vida de los hijos de la pareja. En gran parte depende de si los niños viven o no en la misma casa, o de la presencia o ausencia del otro progenitor. Incluir a los hijos del otro puede ser muy enriquecedor, pero son excepcionales los casos en que todo fluye con suavidad desde el primer día.


Una de las primeras dificultades suele venir por un factor difícil de controlar: los propios sentimientos. Natalia tiene 36 años y dos hijas gemelas que acaban de empezar la escuela primaria. Conoció a Javier - divorciado también y padre de Mateo, de 9 años, cuya custodia comparte con su ex mujer - en una convención organizada por la empresa para la que ambos trabajan.


"Javier es un hombre sensible y positivo, y un padre responsable. Nuestros hijos parecían congeniar, así que cuando decidimos casarnos, pensé que sería maravilloso construir un hogar en el que pudiéramos ayudarles a crecer juntos. Pero nada ha sido como esperaba. Las niñas no acaban de adaptarse a la nueva situación, y me colocan continuamente entre la espada y la pared, como si cada palabra que les dedico a ellos fuera una traición. Para su hijo, soy la mala de la película, la que ha desmontado su vida y le está robando a su padre. Pasan días sin que me mire o me dirija la palabra, y cuando lo hace siempre es en un tono agresivo y desafiante. Me siento mezquina, porque se supone que tendría que querer al hijo de mi marido, pero cada día lo soporto menos". Natalia se siente culpable porque ama a su marido, pero se siente incapaz de amar al pequeño Mateo.


Quererse lleva tiempo


Es lo mismo que les ocurre al principio a buena parte de los hombres y las mujeres que deciden asumir el compromiso de educar como propios a los hijos de su pareja: les inunda la culpa cuando descubren que no los quieren.


El amor no es algo que podamos imponernos como un deber o una responsabilidad. Y no es instantáneo, necesita cimentarse en bueno recuerdos compartidos y en infinidad de pequeñas experiencias cómplices. Vincularse afectivamente requiere tiempo, por lo que nadie debería sentirse culpable por no amar a alguien a quien apenas conoce. Sin embargo, no se necesita querer a un niño para ser una buena influencia en su vida. Los niños necesitan de los adultos apoyo incondicional, cariño y seguridad. Aunque no podamos definir como amor lo que sentimos hacia ellos, tenemos mucho que ofrecer para contribuir a su salud, su bienestar y su felicidad.


El inicio de la convivencia suele marcar un punto de inflexión en la relación con "los hijos del otro". Incluso cuando en la fase previa de la relación parecía haberse establecido una buena conexión, lo más probable es que empezar a vivir bajo el mismo techo la deteriore. Para los niños que han vivido ya una ruptura familiar, suele ser especialmente difícil. No entienden un nuevo cambio que les viene impuesto y que a sus ojos tiene claramente más inconvenientes que ventajas. El tiempo que pasan con su padre o madre deben ahora compartirlo con esa nueva persona. Para colmo, la opinión de ese entrometido tiene mucho más peso en las decisiones que les afectan que las suyas propias. Se sienten celosos, ninguneados e inseguros, ¡y tienen claro quién es el culpable! No es sorprendente que se resistan a mostrarse simpáticos o cordiales.


Por otro lado, muchos niños fantasean con la idea de que sus padres se reconciliarán un día y serán de nuevo una familia feliz. Mientras el intruso aparecía sólo de vez en cuando no era un amenaza; ahora que está aquí para quedarse echa por tierra las esperanzas de ese soñado final de cuento de hadas. Puede incluso que el ex o la ex les transmita su resentimiento y su antipatía hacia el recién llegado; o puede que, si éste les cae bien, se sientan culpables, como si estuvieran traicionando a aquél o aquélla.


Con frecuencia pasan las semanas y los meses y la situación no parece mejorar. Los adultos tratan de poner todo de su parte y se sorprenden al ver que por mucho que se esfuercen no pueden ganarse el cariño de los niños. Clara, que desde hace dos meses convive con su pareja, lo expresa de esta manera: "Sus hijos esperan que haga por ellos todo lo que su madre hace, que les prepare el desayuno, les lleve a los partidos de fútbol, tenga su ropa a punto, etcétera, pero a cambio sólo consigo que la mayor parte del tiempo me ignoren. ¡Me siento como una criada!". Marcos, que ha asumido responsabilidades financieras, prácticas y emocionales respecto a la educación de la hija de la mujer con la que vive, se siente igualmente resentido: "Estoy ahí para lo que haga falta, pero cuando estamos los tres juntos, me hacen sentir como un extraño. No tengo voz ni voto en las decisiones, y si corrijo en algo a la niña, mi compañera salta inmediatamente en su defensa".


Los niños pueden necesitar muchos meses para comprender que el nuevo componente de la familia no es un enemigo que batir, sino alguien en quien se puede confiar y del que recibirán apoyo y cariño. Es una fase difícil. Los padres se encuentran atrapados entre los celos y la rabia de los pequeños y la demandas de apoyo de sus parejas; éstas se sienten dolidas porque, por mucho que se entreguen, no consiguen que dejen de odiarlas o ignorarlas.


El respeto, el inicio del camino


No podemos exigir a los niños que sientan amor o cariño, pero desde el primer momento debe quedar claro que sí están obligados a tratar al nuevo inquilino con cordialidad. El padre o la madre debe dejar claro que, como cualquier otra persona, merece un respeto y no es admisible tratarla con malos modos. Funcionar como un grupo compacto unido por una red de afecto y confianza llevará tiempo, pero el respeto es siempre el punto de partida.


La sombra del padre o la madre ausente puede ser sentida como una amenaza por las dos partes. La adulta debería enfrentar sus sentimientos y asumir que, aunque nunca sustituirá esa figura en el universo afectivo del menor, puede construir con él una relación especial y enriquecedora para ambos. El corazón es un lugar muy grande, donde no hace falta sustituir un afecto para colocar otro. Por el bien de la relación - y por respeto al niño -, conviene abstenerse de criticar en su presencia a las personas que él ama y reafirmarle en que sabemos que su amor por ellas es correspondido.


Ante un comentario del tipo "mi madre dice que eres una egoísta", mejor respirar hondo y tratar de encontrar una respuesta que contrarreste la información sin desacreditar la fuente. "Entiendo que tu madre piense eso" puede ser una forma de empezar. Evitando en todo momento realizar cualquier comentario negativo o crítico hacia sus padres y animándole a pasar tiempo con ellos dejamos claro que no competimos con las personas que para él son importantes y sentamos las bases para hacernos dignos de su confianza.


Redefinir las reglas del juego


La familia es, por definición, el lugar donde uno se siente seguro, querido y apoyado. La llegada de un nuevo miembro produce una situación extraña en la que es normal que se genere tensión. Esperar que los niños se desenvuelvan en ella con soltura no sólo resulta injusto, también es el camino directo hacia la frustración.


Es esencial que los adultos dialoguen y lleguen a un consenso sobre las normas con que se regirá la vida en el hogar. Dar por sentado que se tienen ideas similares respecto a este tema suele ser un error. Para uno puede resultar intolerable caminar descalzo por la casa o saltar en el sofá, para el otro tal vez eso no tenga mayor importancia, pero en cambio le resulte inadmisible elevar el tono de voz. Cuando grandes y pequeños tienen claro qué tareas son responsabilidad de cada cual, qué comportamientos resultan inaceptables y cuáles son las normas de funcionamiento - horarios de tele, de video consola -, se evitan muchas tensiones y conflictos.


Es importante que la pareja aparque el intercambio de pareceres para cuando se encuentre a solas. Si los niños intuyen que no existe un frente común y sólido, aprovecharán las grietas para intentar salirse con la suya, manipulando las diferencias de criterio para enfrentar a uno contra otro. Dejar claras las reglas del juego es el primer paso para eliminar las tiranteces y construir un entorno aceptable para todos: cuanto más claros estén los límites, más fluida resultará la convivencia.


Las consecuencias o castigos que aplicar ante un mal comportamiento acostumbrar a ser un punto de fricción en los primeros años, sobre todo con los pequeños que ya no lo son tanto. Siempre que sea posible debería decidirlos el padre o la madre del niño, ya que así funcionan mucho mejor y además se evita que se rebele o acumule resentimiento. En las situaciones en las que no se encuentre presente, su pareja debería situarse simplemente como "el adulto a cargo de la situación". Aun así, es previsible que en algunos momentos muestren su rechazo al grito de "tú no eres mi madre" - o "mi padre" -. Es necesario aclararles que, efectivamente, no lo somos ni pretendemos reemplazarla o reemplazarlo, pero sí esperamos que sigan las normas cuando están con nosotros.


Convivir con alguien que nos ignora o que se muestra abiertamente hostil puede resultar agotador. Recordar que no es algo personal ayuda a mantener la cabeza fría y a tratarlo siempre con respeto, como deseamos ser tratados nosotros.

Hacer las paces con el pasado PARA VOLVER A SER FELICES

Artículo aparecido en revista (no dispongo del nombre de la publicación) escrito por Claudia Stern, licenciada en Psicología.
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La separación y la muerte de la persona amada son dos situaciones muy difíciles de superar. Sin embargo, no hay nada ni nadie que diga que no se puede volver a construir lo que se derrumbó.

¿Cómo?

En primer lugar, encontrando la paz interior que le permitirá hallar el camino hacia la felicidad.

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¿Le cuesta pensar en volver a empezar? ¿Le da temor volver a enamorarse? ¿O tal vez tenga miedo de no volver a ser feliz? Afortunadamente, en la vida siempre hay segundas, terceras o cuartas oportunidades. Todas las personas las tienen, pero sólo algunas se permiten buscarlas o darles entrada nuevamente en su existencia.
Darse otra oportunidad
En lo que se refiere a una pareja, la decisión de dar por terminada una relación es una de las más difíciles de la vida y se suele creer que, encontrando al culpable, se hace más fácil. En realidad, es una tarea totalmente inútil e injsta. Hay que reconocer que una etapa ha terminado y que más que culpables, cada uno deberá hacerse cargo de su cuota de responsabilidad, aprender de las equivocaciones y, en lo posible, no volver a repetirlas, teniendo presentes los buenos recuerdos que han sobrevivido al "naufragio".
Solamente rescatando las buenas experiencias es posible hacer las paces con el pasado. Nada es eterno. Nuestra vida siempre pasa por etapas. Cuando termina una, suele comenzar otra que puede ser mejor que la anterior si uno se permite disfrutarla.
Cuando insistimos en mantener una relación que no funciona, nos debilitamos, perdemos la alegría, nos desvitalizamos, se nos achica el horizonte. Generalmente, solemos pagar ese precio para evitar una soledad que en realidad ya está instalada aunque no podamos verla.
El duelo obligado
Más difícil que superar una separación de pareja es el superar la muerte de uno de sus miembros, dado que genera un sentimiento de tristeza, impotencia, rabia y riesgo de idealizar a la persona perdida.
Siempre hay que afrontar el duelo que se presenta, elaborar la pérdida del ser querido y no sentirse culpable por seguir viviendo y deseando, o temor de olvidarse de la persona amada.
Luego, aparecerán nuestras dudas sobre nuestra capacidad de poder volver a querer, que son solo barreras tras las cuales nos refugiamos para protegernos.
El derecho a la felicidad
A veces, suele asustarnos ser felices, aunque todos tenemos la necesidad natural de sentir que nos quieren y esa misma necesidad nos empuja a buscar una pareja.
Es importante no forzar situaciones ni intentar cambiar el curso de los acontecimientos, sino observar, descubrir, conocer a la otra persona antes de tomar decisiones fundamentales.
Recordar que el coqueteo es un magnífico ingrediente del amor. El mostrarse receptivo y mantener cierto grado de misterio suelen atraer la atención y despertar el deso... y, si no se sabe cómo se hace, siempre se está a tiempo de aprender. Saber esperar, desear sin acosar, no quemar etapas y darse tiempo para que se aclaren los sentimientos son claves para fundar un nuevo vínculo. Ser diferentes unos de otros es lo que nos enriquece y nos permite complementarnos; no es motivo para no ser feliz, aunque puede suceder que la felicidad no dure para siempre, pero... ¿quién nos quita lo bailado?

domingo, 7 de septiembre de 2008

Las mujeres que aman demasiado

(Nota: vale lo mismo para los hombres que aman demasiado).


Escrito por Robin Norwood, editorial Grupo Zeta.



Prólogo.


Cuando estar enamorada significa sufrir, estamos amando demasiado.

Cuando la mayoría de nuestras conversaciones con amigas íntimas son acerca de él, de sus problemas, sus ideas, sus sentimientos, y cuando casi todas nuestras frases comienzan con "él...", estamos amando demasiado.

Cuando disculpamos su mal humor, su mal carácter, su indiferencia o sus desaires como problemas debidos a una niñez infeliz y tratamos de convertirnos en su psicoterapeuta, estamos amando demasiado.

Cuando leemos un libro de autoayuda y subrayamos todos los pasajes que lo ayudarían a él, estamos amando demasiado.

Cuando no nos gustan muchas de sus conductas, valores y características básicas, pero las soportamos con la idea de que, si tan sólo fuéramos lo suficientemente atractivas y cariñosas, él querría cambiar por nosotras, estamos amando demasiado.

Cuando nuestra relación perjudica nuestro bienestar emocional e incluso, quizá, nuestra salud e integridad física, sin duda estamos amando demasiado.


Fragmentos.

En este libro, al igual que en tantos libros de "autoayuda", hay una lista de pasos a seguir a fin de cambiar. Si usted decide que realmente desea seguir esos pasos, necesitará - como en todo cambio terapéutico - años de trabajo y nada menos que su dedicación total. No hay atajos para salir del patrón de amar demasiado en el que usted está atrapada.

(...)

Amar demasiado no sifnifica amar a demasiados hombres, ni enamorarse con demasiada frecuencia, ni sentir un amor genuino demasiado profundo por otro ser. En verdad, significa obsesionarse por un hombre y llamar a esa obsesión "amor", permitiendo que esta controle nuestras emociones y gran parte de nuestra conducta y, si bien comprendemos que ejerce una influencia negativa sobre nuestra salud y nuestro bienestar, nos sentimos incapaces de librarnos de ella. Significa medir nuestro amor por la profundidad de nuestro tormento.

(...)

Es el grado de secreto - la incapacidad de hablar sobre los problemas -, más que la severidad de los mismos, lo que define el grado de disfuncionalidad que adquiere una familia y la gravedad del daño provocado a sus miembros.

Una familia disfuncional es aquella en que los miembros juegan papeles rígidos y en la cual la comunicación está severamente restringida a las declaraciones que se adecuan a esos roles. Los miembros no tienen libertad para expresar todo un espectro de experiencias, deseos, necesidades y sentimientos, sino que deben limitarse a jugar el papel que se adapte al de los demás miembros de la familia. En todas las familias hay papeles, pero a medida que cambian las circunstancias, los miembros también deben cambiar y adaptarse para que la familia siga siendo saludable. De esa manera, la clase de atención materna que necesita una criatura de un año será sumamente inadecuada para un adolescente de trece años, y el papel materno debe alterarse para acomodarse a la realidad. En las familias disfuncionales, los aspectos principales de la realidad se niegan, y los papeles permanecen rígidos.

Cuando nadie puede hablar sobre lo que afecta a cada miembro de la familia individualmente y a la familia como grupo - es más, cuando tales temas son prohibidos en forma implícita (se cambia el tema) o explícita ("¡Aquí no se habla de esas cosas!") - aprendemos a no creer en nuestras propias percepciones o sentimientos. Como nuestra familia niega la realidad, nosotros también comenzamos a negarla. Y eso deteriora severamente el desarrollo de nuestras herramientas básicas para vivir la vida y para relacionarnos con la gente y las situaciones. Es ese deterioro básico lo que opera en las mujeres que aman demasiado. Nos volvemos incapaces de discernir cuándo alguien o algo no es bueno para nosotros. Las situaciones y la gente que otros evitarían naturalmente por peligrosas, incómodas o perjudiciales no nos repelen, porque no tenemos manera de evaluarlas en forma realista o autoprotectora.

(...)

Características típicas de mujeres que aman demasiado:

1. Típicamente, usted proviene de un hogar disfuncional que no satisfizo sus necesidades emocionales.


2. Habiendo recibido poco afecto, usted trata de compensar indirectamente esa necesidad insatisfecha proporcionando afecto, en especial a hombres que parecen, de alguna manera, necesitados.


3. Debido a que usted nunca pudo convertir a su(s) progenitor(es) en los seres atentos y cariñosos que usted ansiaba, reacciona profundamente ante la clase de hombres emocionalmente inaccesibles a quienes puede volver a intentar cambiar, por medio de su amor.


4. Como le aterra que la abandonen, hace cualquier cosa para evitar que una relación se disuelva.


5. Casi ninguna cosa es demasiado problemática, tarda demasiado tiempo o es demasiado costosa si "ayuda" al hombre con quien usted está involucrada.


6. Acostumbrada a la falta de amor en las relaciones personales, usted está dispuesta a esperar, conservar esperanzas y esforzarse más para complacer.


7. Está dispuesta a aceptar mucho más del cincuenta por ciento de la responsabilidad, la culpa y los reproches en cualquier relación.


8. Su amor propio es críticamente bajo, y en el fondo usted no cree merecer la felicidad. En cambio, cree que debe ganarse el derecho de disfrutar de la vida.


9. Necesita con desesperación controlar a sus hombres y sus relaciones, debido a la poca seguridad que experimentó en la niñez. Disimula sus esfuerzos por controlar a la gente y las situaciones bajo la apariencia de "ser útil".


10. En una relación, está mucho más en contacto con su sueño de cómo podría ser que con la realidad de su situación.


11. Es adicta a los hombres y al dolor emocional.


12. Es probable que usted esté predispuesta emocionalmente y, a menudo, bioquímicamente, para volverse adicta a las drogas, al alcohol y/o ciertas comidas, en particular los dulces.


13. Al verse atraída hacia personas que tienen problemas por resolver, o involucrada en situaciones que son caóticas, inciertas y emocionalmente dolorosas, usted evita concentrarse en su responsabilidad para consigo misma.


14. Es probable que usted tenga una tendencia a los episodios depresivos, los cuales trata de prevenir por medio de la excitación que proporciona una relación inestable.


15. No la atraen los hombres que son amables, estables, confiables y que se interesan por usted. Estos hombres "agradables" le parecen aburridos.

(...)

Es verdad en todos nosotros que, cuando sucede algo emocionalmente doloroso y nos decimos que la culpa es nuestra, en realidad estamos diciendo que tenemos control sobre ello: si nosotros cambiamos, el dolor desaparecerá.

(...)

La gente hambrienta (Desesperadamente hambrienta de amor y aprobación, y familiarizada con el rechazo) hace malas compras.


(...)


Antes de su recuperación, una mujer que ama demasiado, por lo general:


1. Pregunta "¿Cuánto me ama (o necesita)?" y no "¿Cuánto lo quiero?"


2. La mayoría de sus interacciones sexuales con él están motivadas por "¿Cómo puedo hacer que me ame (o necesite) más?"


3. Su impulso de entregarse sexualmente a otros a quienes percibe como necesitados, puede dar como resultado una conducta que ella misma considera promiscua, pero esta apunta principalmente a la gratificación de otra persona, en lugar de a ella misma.


4. El sexo es una de las herramientas que usa para manipular o cambiar a su pareja.


5. A menudo las luchas de poder de la manipulación mutua le parecen muy excitantes. Se comporta en forma seductora para conseguir lo que quiere y se siente estupendamente cuando da resultado y muy mal cuando no es así. El hecho de no obtener lo que quiere por lo general la lleva a esforzarse más.


6. Confunde angustia, miedo y dolor con amor y excitación sexual. A la sensación de tener un nudo en el estómago la llama "amor".


7. Se excita a partir de la excitación de él. No sabe sentirse bien por sí misma; de hecho, se siente amenazada por sus propios sentimientos.


8. A menos que tenga el desafío de una relación no gratificante, se vuelve inquieta. No la atraen sexualmente los hombres con quienes no lucha. En cambio, los llama "aburridos".


9. A menudo forma equipo con un hombre de menor experiencia sexual, para poder sentirse en control.


10. Anhela la intimidad física, pero debido a que teme verse envuelta por otro y/o abrumada por su propia necesidad de afecto, sólo se siente cómoda con la distancia emocional creada y mantenida por la tensión de la relación. Se vuelve temerosa cuando un hombre está dispuesto a acompañarla emocional y sexualmente. Huye de él o bien se aleja.


(...)


Hacen falta intereses comunes, valores y objetivos comunes, y capacidad para una intimidad profunda y duradera si se desea que el encantamiento erótico inicial de una pareja a la larga se transforme en una devoción afectuosa y comprometida que soporte el paso del tiempo.


(...)


El precio que pagamos por la pasión es el miedo, y el mismo dolor y el mismo miedo que alimentan al amor apasionado también pueden destruirlo. El precio que pagamos por un compromiso estable es el aburrimiento, y la misma seguridad y la solidez que cimentan una relación así también pueden hacerla rígida y sin vida.


(...)


Por otra parte, nuestra cultura otorga un viso romántico al sufrimiento por amor y a la adicción a una relación (canciones populares, ópera, literatura clásica, telenovelas...)


(...)


Necesitamos desarrollar conscientemente una forma de relacionarnos con más madurez y abierta que la que parece apoyar nuestro medio cultural, para poder cambiar el torbellino y la excitación por una intimidad más profunda.


(...)


Esta clase de carga - las chispas, la atracción, el impulso de estar con esa otra persona y de hacer que la relación funcione - no está presente en la misma medida en las relaciones más saludables y satisfactorias, porque no representan todas las posibilidades de saldar viejas cuentas y de prevalecer sobre lo que una vez fue abrumador. Esta emocionante posibilidad de rectificar viejos errores, de recuperar el amor perdido y de ganar una aprobación reprimida es lo que, para las mujeres que aman demasiado, constituye la atracción inconsciente que subyace al hecho de enamorarse.


(...)


La ayuda es el lado soleado del control.


(...)


El patrón de desarrollar relaciones en las cuales su papel es comprender, alentar y mejorar a su pareja es una fórmula muy utilizada por las mujeres que aman demasiado, y por lo general produce exactamente lo contrario al resultado esperado.


(...)


"Al principio yo estaba tan vacía que sentía como si el viento me atravesara. Pero con cada decisión que tomaba por mí misma, ese vacío comenzaba a llenarse un poco más. Tenía que averiguar quién era yo, qué me gustaba y qué no, qué quería para mí y para mi vida. No podía averiguar esas cosas a menos que tuviera tiempo para mí sola, sin nadie en quien pensar y por quien preocuparme, porque cuando había otra persona cerca yo prefería dirigir su vida en lugar de vivir la mía".


(...)


Para la mujer que ama demasiado, la práctica de la negación, magnánimamente expresada como "pasar por alto los defectos de él" o "mantener una actitud positiva", oculta la forma en que los defectos de él le permiten ejercer su papel deseado. Cuando el impulso de controlar se disfraza bajo la actitud de "ser útil" y "brindar apoyo", nuevamente lo que se ignora es la propia necesidad de superioridad y poder implícitos en esta clase de interacción.


Es necesario que reconozcamos que la práctica de la negación y el control, en cualquier forma que se los llame, no conduce a mejorar nuestra vida ni nuestras relaciones. Más bien, el mecanismo de la negación nos lleva a relaciones que permiten la representación compulsiva de nuestras viejas luchas, y la necesidad de controlar nos mantiene allí, tratando de cambiar a otra persona en lugar de cambiar nosotras mismas.


(...)


La verdadera aceptación de un individuo tal como es, sin tratar de cambiarlo mediante el aliento, la manipulación o la coacción, es una forma muy elevada del amor y, para la mayoría de nosotros, resulta muy difícil de practicar. En el fondo de todos nuestros esfuerzos para cambiar a alguien hay un motivo básicamente egoísta, una creencia de que a través de ese cambio seremos felices. No hay nada malo en desear ser felices, pero colocar la fuente de esa felicidad fuera de nosotros mismos, en las manos de otra persona, significa que evitamos nuestra capacidad y nuestra responsabilidad de modificar nuestra propia vida para bien.


(...)


Para que la esposa de un adicto al trabajo esté libre para vivir una vida plena, haga lo que haga su esposo, debe llegar a creer que el problema de él no es el suyo, y que no está en su poder, ni es su deber, ni su derecho cambiarle. Debe aprender a respetar el derecho que tiene él de ser quien es, aun cuando ella desee que sea distinto.


Al hacerlo, ella quedará libre: libre de resentimiento por la inaccesibilidad de él, libre de culpa por no ser capaz de cambiarle, libre de la carga de tratar incansablemente de cambiar lo que no puede. Con menos resentimiento y culpa es probable que ella empiece a sentir más afecto hacia él por las cualidades que sí aprecia.


Cuando ella deje de tratar de cambiarlo y reencauce su energía al desarrollo de sus propios intereses, experimentará cierto grado de felicidad y satisfacción, sin importar lo que él haga. A la larga quizá ella descubra que sus objetivos son suficientemente gratificantes y que puede disfrutar una vida plena y satisfactoria sola, sin mucha compañía de su esposo. O bien, a medida que se vuelva cada vez menos dependiente de él para su felicidad, ella puede decidir que su compromiso con un hombre ausente no tiene sentido y puede decidir proseguir su vida sin el constreñimiento de un matrimonio insatisfactorio. Ninguno de estos dos caminos es posible, mientras ella necesite que él cambie para ser feliz. Hasta que lo acepte tal como es, estará congelada en animación suspendida, esperando que él cambie para poder empezar a vivir su vida.


Cuando una mujer que ama demasiado se da por vencida en su cruzada de cambiar al hombre de su vida, entonces él queda solo para reflexionar en las consecuencias de su propio comportamiento. Como ella ya no está frustrada ni infeliz, sino que cada vez se entusiasma más con la vida, se intensifica el contraste con la existencia de él. Él puede elegir luchar por desembarazarse de su obsesión (...) o quizá no.


(...)



El camino hacia la recuperación.


1. BUSQUE AYUDA.


Hacer algo, dar el primer paso, extender la mano. Deje a su pareja fuera del asunto, no lo amenace.


Abandone de forma temporal la idea de que puede arreglárselas sola. Busque un terapeuta, ingrese en un grupo de autoayuda.


No ponga fin a la relación si la tiene, a medida que siga estos pasos, del uno al diez, la relación se encargará de sí misma.

2. HAGA QUE SU RECUPERACIÓN SEA LA PRIMERA PRIORIDAD EN SU VIDA.

Requiere un compromiso total con usted misma. Esto la ayudará a valorar y promover su propio bienestar.

Lea libros sobre el tema, vaya a conferencias, averigüe... Con la comprensión viene la oportunidad de elegir. A mayor comprensión, mayor libertad.


Requiere la voluntad de invertir tiempo y dinero en recuperarse.


Suspenda el uso de sustancias que alteran la mente durante el período de recuperación, pues le impedirán experimentar totalmente las emociones que aflorarán en usted. La mayor parte del "trabajo" de terapia ocurre durante las horas en que usted no está en el grupo ni en la sesión.


3. BUSQUE UN GRUPO DE APOYO INTEGRADO POR PARES QUE LA ENTIENDAN.

Un grupo es un lugar donde trabajar para su propia recuperación.

La empatía sola no provocará la recuperación. Un buen grupo de apoyo se dedica a ayudar a mejorar a todas las que asisten e inclusive a algunos miembros que han logrado cierto grado de recuperación y que pueden compartir con las recién llegadas los principios por los cuales lo lograron.

Asuma un compromiso, asista a un mínimo de 6 reuniones antes de decidir que el grupo no tiene nada que aportarle. Debe ser regular, sentir cierto nivel de confianza y ser sincera.

Al identificarse con las demás y aceptarlas a pesar de sus defectos y secretos, usted podrá aceptar más esas características y sentimientos en usted misma.

Existe además un elemento importante: el humor.


4. DESARROLLE SU LADO ESPIRITUAL MEDIANTE LA PRÁCTICA DIARIA.

Significa distintas cosas para las distintas personas. Incluye cualquier cosa que la lleve más allá de sí misma, hasta una perspectiva más amplia de las cosas. Averigüe qué es lo que le da paz y serenidad y dedique un poco de tiempo, al menos media hora diaria, a esa práctica.

Hay más fuerza en el grupo que la que pueda tener cualquiera de ustedes por separado.

5. DEJE DE MANEJAR Y CONTROLAR A LOS DEMÁS.

6. APRENDA A NO "ENGANCHARSE" EN LOS JUEGOS.

Los juegos son formas estructuradas de interacción que se emplean para evitar la intimidad.

Los papeles que juegan las mujeres que aman demasiado y sus parejas son variedades de las posiciones de rescatador, perseguidor y víctima.

Reaccione en una forma que ponga fin al juego. Dado que nadie puede mantener dos pensamientos distintos al mismo tiempo, Mary descubrió que al dedicar sus pensamientos a las palabras tranquilizadoras de la afirmación, se calmaba e incluso se relajaba.

Ahora usted debe desarrollar nuevas maneras de comunicarse con usted misma y con los demás, maneras que demuestren su voluntad de asumir responsabilidad por su vida.

Necesitará toda la energía liberada al renunciar al hecho de dirigir y controlar a los demás (punto 5).

7. ENFRENTE CON CORAJE SUS PROPIOS PROBLEMAS Y DEFECTOS.


Examine a fondo su vida actual, tanto lo que la hace sentir bien como lo que la hace sentir incómoda o infeliz. Examine el pasado, recuerdos, logros, fracasos. Examínelo todo por escrito.

8. CULTIVE LO QUE NECESITE DESARROLLAR EN USTED MISMA.


No esperar el apoyo de él. Actúe como si no tuviera nadie más que usted misma en quien apoyarse. Cubra todas las contingencias sin usarlo a él como recurso (¡ni como excusa!).

Actúe en pro de sus intereses. Corra riesgos (conocer gente, volver a un aula...)

De vez en cuando tendrá que enfrentar el terrible vacío que aflora cuando usted no está concentrada en otra persona. Permítase sentirlo, en toda su intensidad (de otro modo, usted buscará otra manera dañina de distraerse). Abrace el vacío y sepa que no siempre se sentirá así, y que con sólo estarse quieta y sentirlo comenzará a llenarlo con la calidez de la autoaceptación.

9. VUÉLVASE "EGOÍSTA".

Al comenzar a ponerse en primer lugar, usted debe aprender a tolerar la ira y la desaprobación de los demás. No discuta, no se disculpe ni trate de justificarse. Manténgase lo más serena y alegre que le sea posible y siga con sus actividades.

10. COMPARTA CON OTROS LO QUE HA EXPERIMENTADO Y APRENDIDO.

Eso no significa aconsejar, sino sólo explicar lo que dio resultado para usted.

Usted podría sufrir una recaída sin una vigilancia constante. Trabajar con recién llegadas contribuye a mantenerla en contacto con el grado de enfermedad que tuvo una vez, y con lo mucho que ha progresado. Evita que usted niegue lo malo que fue en realidad, porque la historia de una recién llegada será muy parecida a la suya, y usted recordará con compasión, por ella y por usted misma, cómo era.

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La recuperación es un proceso de por vida y una meta que luchamos por alcanzar, no que logramos de una vez por todas.
Características de una mujer que se ha recuperado de amar demasiado:
1. Se acepta por completo, aun cuando desea cambiar partes de sí misma. Hay un amor propio y una autoconsideración básicos, que ella alimenta con cuidado y expande con decisión.
2. Acepta a los demás tal como son, sin tratar de cambiarlos para satisfacer sus propias necesidades.

3. Está en contacto con sus sentimientos y actitudes en todos los aspectos de su vida, inclusive la sexualidad.
4. Atesora cada aspecto de sí misma: su personalidad, su apariencia, sus creencias y principios, su cuerpo, sus intereses y logros. Se autoaprueba, en lugar de buscar una relación que le otorgue una sensación de valor propio.
5. Su autoestima es lo suficientemente grande para que pueda disfrutar la compañía de los demás, especialmente de los hombres, que le parecen bien tal como son. No necesita que la necesiten para sentirse digna.
6. Se permite ser abierta y confiada con la gente apropiada. No teme que la conozcan en un nivel personal profundo, pero tampoco se expone a la explotación de quienes no se interesan por su bienestar.
7. Se pregunta: "¿Esta relación es buena para mí? ¿Me permite llegar a ser todo lo que soy capaz de ser?"
8. Cuando una relación es destructiva, es capaz de renunciar a ella sin experimentar una depresión incapacitante. Tiene un círculo de amigos que la apoyan e intereses sanos que la ayudan a superar la crisis.
9. Valora su propia serenidad por sobre todas las cosas. Todas las luchas, el drama y el caos del pasado han perdido su atracción. Se protege a sí misma, su salud y su bienestar.
10. Sabe que una relación, para que funcione, debe darse entre dos personas que compartan objetivos, intereses y valores similares, y que tengan capacidad para la intimidad. Sabe también que ella es digna de lo mejor que le pueda ofrecer la vida.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Shakespeare en la selva*

* De Laura Bohannan, "Shakeaspeare in the bush", Natural History, August-Septembre, 1996



Texto de "Lecturas de antropología social y cultural", Honorio M. Velasco (Comp.). Cuadernos de la Uned.



SHAKESPEARE EN LA SELVA, Laura Bohannan


Justo antes de partir de Oxford hacia territorio Tiv, en África Occidental, mantuve una conversación en torno a la programación de la temporada en Stratford. "Vosotros los americanos", dijo un amigo, "soleis tener problemas con Shakespeare. Después de todo, era un poeta muy inglés, y uno puede fácilmente malinterpretar lo universal cuando no ha entendido lo particular".


Yo repliqué que la naturaleza humana es bastante similar en todo el mundo; al menos, la trama y los temas de las grandes tragedias resultarían siempre claros – en todas partes –, aunque acaso algunos detalles relacionados con costumbres determinadas tuvieran que ser explicados y las dificultades de traducción pudieran provocar algunos leves cambios. Con el ánimo de cerrar una discusión que no había posibilidad de concluir, mi amigo me regaló un ejemplar de Hamlet para que lo estudiara en la selva africana: me ayudaría, según él, a elevarme mentalmente sobre el entorno primitivo, y quizá, por vía de la prolongada meditación, alcanzara yo la gracia de su interpretación correcta.Era mi segundo viaje de campo a esa tribu africana, y me encontraba dispuesta para establecerme en una de las zonas más remotas de su territorio

(...)
El anciano me pasó más cerveza para ayudarme en mi relato. Los hombres llenaron sus largas pipas de madera y removieron el fuego para tomar de él brasas con que encenderlas: entonces, entre satisfechas fumaradas, se sentaron a escuchar. Comencé usando el estilo apropiado: “Ayer no, ayer no, sino hace mucho tiempo, ocurrió una cosa. Una noche tres hombres estaban de vigías en las afueras del poblado del gran jefe, cuando de repente vieron que se les acercaba el que había sido su anterior jefe”.

“¿Por qué no era ya su jefe?”

“Había muerto”, expliqué, “es por eso por lo que se asustaron y se preocuparon al verle”.

“Imposible”, comenzó uno de los ancianos, pasando la pipa a su vecino, quien le interrumpió.“Por supuesto que no era el jefe muerto. Era un presagio enviado por un brujo. Continúa”.

Ligeramente importunada, continué. “Uno de esos tres era un hombre que sabía cosas” – la traducción más cercana a estudioso, pero por desgracia también significa brujo. El segundo anciano miró al primero con cara de triunfo. “De modo que habló al jefe muerto, diciéndole: ‘Cuéntanos qué debemos hacer para que puedas descansar en tu tumba’, pero el jefe muerto no respondió. Se esfumó y ya no lo pudieron ver más. Entonces el hombre que sabía cosas – su nombre era Horacio – dijo que aquello era asunto para el hijo del jefe muerto, Hamlet”.

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