miércoles, 27 de agosto de 2008

GENÉTICA CUANTITATIVA


Introducción a la genética cuantitativa.


La genética cuantitativa es la rama de la genética que se ocupa de estudiar la contribución relativa de las influencias genéticas y ambientales sobre los diversos caracteres fenotípicos de los organismos, incluidos los conductuales.


Caracteres mendelianos: influidos por un solo gen (discreto, cualitativos).

Herencia poligénica: caracter regulado por numerosos genes que operan conjuntamente (caracteres contínuos o cuantitativos).

Pleiotropismo: un solo gen afecta a varios rasgos fenotípicos conductuales.


La genética cuantitativa usa métodos estadísticos que analizan a la población en su conjunto.


Los estudiosos actuales admiten que, aunque sean muchos los genes que afectan a un carácter, la transmisión individual de cada gen sigue las leyes de Mendel.


La moderna genética cuantitativa se fundamenta en el modelo poligénico. Las relaciones dominancia - recesividad no siempre están claras y muchos alelos funcionan con efectos aditivos: suman sus contribuciones relativas de forma equitativa a la expresión del genotipo (Campana de Gauss).


El rango de variaciones fenotípicas para los rasgos complejos como los conductuales es muy amplio. Y si además tenemos presente que los caracteres conductuales están probablemente regulados por cientos de genes, es lógico concluir que debe de haber una distribución continua de los fenotipos conductuales, aunque cada uno de esos cientos de posibles genes se herede con herencia mendeliana.

martes, 26 de agosto de 2008

No sé qué decirte


Revista Psychologies, nº 43, agosto 2008, (http://www.psychologiesrevista.com/)

Opinión. Ángel Gabilondo.


No sé qué decirte

“No es que me calle lo que pienso, es que, a veces, no sé qué pensar. No es que oculte lo que me inquieta, es que me inquieta no saber lo que oculto.”

En ocasiones es algo más poderoso que una ignorancia, un desconocimiento o un desconcierto que inhabilitan mis palabras. No es una parálisis, sino un exceso de estímulos que provocan algo que se parece a una proliferación compleja y contradictoria de emociones, de sentimientos y, quizá, de ideas que no se dejan reducir a un discurso articulado. No solo por falta de coherencia. Se hace casi imposible la verbalización. No es un engaño. No es que me lo guarde, es que lo que siento no es capaz de llegar a ser algo que decir. Reconozco que debe resultar incómodo encontrarse ante quien, en cierto modo desnudo de argumentos, ni siquiera es capaz de enfrentar o de afrontar la situación. A veces, es desesperante. Y puede hasta parecer agresivo. Dan ganas de agitar o de remover las hojas de quien calla a ver si cae o se desprende algo que se deje ver u oír. Podría pensarse que es una cobardía o una irresponsabilidad, una incapacidad de hacerse cargo de la situación, de las propias decisiones. Pero en ocasiones un rayo irrumpe en el corazón de la lógica y tiemblan y laten las almas, pero no hay modo de sentir más que impotencia o culpa o desamparo.

No lo tomes a mal. Callo porque una voz más potente que cualquier frase no es capaz de balbucear ni de deletrear nada. Un ejército de traspiés y de tropezones es torpe para enfilar un mínimo discurso. No es indiferencia. Desearía que entraras en el insonoro refugio en el que no hay palabras. No es un vacío, es algo aplazado, despoblado, que sin embargo late. Y creo que con amor. Pero a estas alturas de la conversación, ya solo un gesto, quizá un abrazo, podría mostrar la verdad de esto que ni es esto, ni sé qué decir de ello. Esto que me pasa y que, sin embargo, no poseo. Tengo algo decisivo que decirte: no sé qué. Tal vez se desprenda de mi mirada o de mi postura. Te lo digo sin decírtelo.

No siempre tenemos las palabras adecuadas. En ocasiones, ellas parecen haberse ido incluso antes de llegar. Se produce una sensación incómoda de incomunicación. Pero tal vez en ese momento se requiere algo más, algo otro, la capacidad de escuchar lo que quizá quede patente sin necesidad de ser dicho: un aprecio más consistente que cualquier explicación. No es que se esconda algo. Es la voluntad de mostrar que no hay qué decir. Podrían improvisarse palabras, pero cuando alguien nos importa de verdad es preferible que sepa que no siempre sabemos qué decir, aunque incluso eso deseamos hacerlo llegar amorosamente. Y ese es ya otro modo de hablar.

Bien necesario, por cierto.