miércoles, 17 de septiembre de 2008

Hijos de una segunda oportunidad


(Artículo aparecido en revista de Psicología - no dispongo del nombre de la publicación - escrito por Beatriz San Román)



Es frustrante para muchas nuevas parejas

no lograr una mínima armonía con los hijos

del otro. No es fácil, requiere mucha calma,

pero sobre todo necesita tiempo y mucho

respeto para inventar nuevas costumbres,

nuevos ritos que no excluyan a nadie de casa





Paralelamente al aumento de los divorcios crece el número de familias en las que al menos uno de los miembros de la pareja aporta hijos de una relación anterior. Le llaman familias reconstituidas, grupos familiares en los que los roles no están predefinidos. A los retos que conlleva la convivencia en pareja se une el de establecer nuevas reglas del juego que satisfagan las necesidades de grandes y pequeños. Para los niños, no suele ser fácil aceptar la irrupción en sus vidas del novio de mamá o la nueva mujer de papá. Para los adultos, tampoco lo es encontrar su papel en la vida de los hijos del otro.


No existen reglas ni recetas mágicas sobre cuánto o cómo implicarse en la vida de los hijos de la pareja. En gran parte depende de si los niños viven o no en la misma casa, o de la presencia o ausencia del otro progenitor. Incluir a los hijos del otro puede ser muy enriquecedor, pero son excepcionales los casos en que todo fluye con suavidad desde el primer día.


Una de las primeras dificultades suele venir por un factor difícil de controlar: los propios sentimientos. Natalia tiene 36 años y dos hijas gemelas que acaban de empezar la escuela primaria. Conoció a Javier - divorciado también y padre de Mateo, de 9 años, cuya custodia comparte con su ex mujer - en una convención organizada por la empresa para la que ambos trabajan.


"Javier es un hombre sensible y positivo, y un padre responsable. Nuestros hijos parecían congeniar, así que cuando decidimos casarnos, pensé que sería maravilloso construir un hogar en el que pudiéramos ayudarles a crecer juntos. Pero nada ha sido como esperaba. Las niñas no acaban de adaptarse a la nueva situación, y me colocan continuamente entre la espada y la pared, como si cada palabra que les dedico a ellos fuera una traición. Para su hijo, soy la mala de la película, la que ha desmontado su vida y le está robando a su padre. Pasan días sin que me mire o me dirija la palabra, y cuando lo hace siempre es en un tono agresivo y desafiante. Me siento mezquina, porque se supone que tendría que querer al hijo de mi marido, pero cada día lo soporto menos". Natalia se siente culpable porque ama a su marido, pero se siente incapaz de amar al pequeño Mateo.


Quererse lleva tiempo


Es lo mismo que les ocurre al principio a buena parte de los hombres y las mujeres que deciden asumir el compromiso de educar como propios a los hijos de su pareja: les inunda la culpa cuando descubren que no los quieren.


El amor no es algo que podamos imponernos como un deber o una responsabilidad. Y no es instantáneo, necesita cimentarse en bueno recuerdos compartidos y en infinidad de pequeñas experiencias cómplices. Vincularse afectivamente requiere tiempo, por lo que nadie debería sentirse culpable por no amar a alguien a quien apenas conoce. Sin embargo, no se necesita querer a un niño para ser una buena influencia en su vida. Los niños necesitan de los adultos apoyo incondicional, cariño y seguridad. Aunque no podamos definir como amor lo que sentimos hacia ellos, tenemos mucho que ofrecer para contribuir a su salud, su bienestar y su felicidad.


El inicio de la convivencia suele marcar un punto de inflexión en la relación con "los hijos del otro". Incluso cuando en la fase previa de la relación parecía haberse establecido una buena conexión, lo más probable es que empezar a vivir bajo el mismo techo la deteriore. Para los niños que han vivido ya una ruptura familiar, suele ser especialmente difícil. No entienden un nuevo cambio que les viene impuesto y que a sus ojos tiene claramente más inconvenientes que ventajas. El tiempo que pasan con su padre o madre deben ahora compartirlo con esa nueva persona. Para colmo, la opinión de ese entrometido tiene mucho más peso en las decisiones que les afectan que las suyas propias. Se sienten celosos, ninguneados e inseguros, ¡y tienen claro quién es el culpable! No es sorprendente que se resistan a mostrarse simpáticos o cordiales.


Por otro lado, muchos niños fantasean con la idea de que sus padres se reconciliarán un día y serán de nuevo una familia feliz. Mientras el intruso aparecía sólo de vez en cuando no era un amenaza; ahora que está aquí para quedarse echa por tierra las esperanzas de ese soñado final de cuento de hadas. Puede incluso que el ex o la ex les transmita su resentimiento y su antipatía hacia el recién llegado; o puede que, si éste les cae bien, se sientan culpables, como si estuvieran traicionando a aquél o aquélla.


Con frecuencia pasan las semanas y los meses y la situación no parece mejorar. Los adultos tratan de poner todo de su parte y se sorprenden al ver que por mucho que se esfuercen no pueden ganarse el cariño de los niños. Clara, que desde hace dos meses convive con su pareja, lo expresa de esta manera: "Sus hijos esperan que haga por ellos todo lo que su madre hace, que les prepare el desayuno, les lleve a los partidos de fútbol, tenga su ropa a punto, etcétera, pero a cambio sólo consigo que la mayor parte del tiempo me ignoren. ¡Me siento como una criada!". Marcos, que ha asumido responsabilidades financieras, prácticas y emocionales respecto a la educación de la hija de la mujer con la que vive, se siente igualmente resentido: "Estoy ahí para lo que haga falta, pero cuando estamos los tres juntos, me hacen sentir como un extraño. No tengo voz ni voto en las decisiones, y si corrijo en algo a la niña, mi compañera salta inmediatamente en su defensa".


Los niños pueden necesitar muchos meses para comprender que el nuevo componente de la familia no es un enemigo que batir, sino alguien en quien se puede confiar y del que recibirán apoyo y cariño. Es una fase difícil. Los padres se encuentran atrapados entre los celos y la rabia de los pequeños y la demandas de apoyo de sus parejas; éstas se sienten dolidas porque, por mucho que se entreguen, no consiguen que dejen de odiarlas o ignorarlas.


El respeto, el inicio del camino


No podemos exigir a los niños que sientan amor o cariño, pero desde el primer momento debe quedar claro que sí están obligados a tratar al nuevo inquilino con cordialidad. El padre o la madre debe dejar claro que, como cualquier otra persona, merece un respeto y no es admisible tratarla con malos modos. Funcionar como un grupo compacto unido por una red de afecto y confianza llevará tiempo, pero el respeto es siempre el punto de partida.


La sombra del padre o la madre ausente puede ser sentida como una amenaza por las dos partes. La adulta debería enfrentar sus sentimientos y asumir que, aunque nunca sustituirá esa figura en el universo afectivo del menor, puede construir con él una relación especial y enriquecedora para ambos. El corazón es un lugar muy grande, donde no hace falta sustituir un afecto para colocar otro. Por el bien de la relación - y por respeto al niño -, conviene abstenerse de criticar en su presencia a las personas que él ama y reafirmarle en que sabemos que su amor por ellas es correspondido.


Ante un comentario del tipo "mi madre dice que eres una egoísta", mejor respirar hondo y tratar de encontrar una respuesta que contrarreste la información sin desacreditar la fuente. "Entiendo que tu madre piense eso" puede ser una forma de empezar. Evitando en todo momento realizar cualquier comentario negativo o crítico hacia sus padres y animándole a pasar tiempo con ellos dejamos claro que no competimos con las personas que para él son importantes y sentamos las bases para hacernos dignos de su confianza.


Redefinir las reglas del juego


La familia es, por definición, el lugar donde uno se siente seguro, querido y apoyado. La llegada de un nuevo miembro produce una situación extraña en la que es normal que se genere tensión. Esperar que los niños se desenvuelvan en ella con soltura no sólo resulta injusto, también es el camino directo hacia la frustración.


Es esencial que los adultos dialoguen y lleguen a un consenso sobre las normas con que se regirá la vida en el hogar. Dar por sentado que se tienen ideas similares respecto a este tema suele ser un error. Para uno puede resultar intolerable caminar descalzo por la casa o saltar en el sofá, para el otro tal vez eso no tenga mayor importancia, pero en cambio le resulte inadmisible elevar el tono de voz. Cuando grandes y pequeños tienen claro qué tareas son responsabilidad de cada cual, qué comportamientos resultan inaceptables y cuáles son las normas de funcionamiento - horarios de tele, de video consola -, se evitan muchas tensiones y conflictos.


Es importante que la pareja aparque el intercambio de pareceres para cuando se encuentre a solas. Si los niños intuyen que no existe un frente común y sólido, aprovecharán las grietas para intentar salirse con la suya, manipulando las diferencias de criterio para enfrentar a uno contra otro. Dejar claras las reglas del juego es el primer paso para eliminar las tiranteces y construir un entorno aceptable para todos: cuanto más claros estén los límites, más fluida resultará la convivencia.


Las consecuencias o castigos que aplicar ante un mal comportamiento acostumbrar a ser un punto de fricción en los primeros años, sobre todo con los pequeños que ya no lo son tanto. Siempre que sea posible debería decidirlos el padre o la madre del niño, ya que así funcionan mucho mejor y además se evita que se rebele o acumule resentimiento. En las situaciones en las que no se encuentre presente, su pareja debería situarse simplemente como "el adulto a cargo de la situación". Aun así, es previsible que en algunos momentos muestren su rechazo al grito de "tú no eres mi madre" - o "mi padre" -. Es necesario aclararles que, efectivamente, no lo somos ni pretendemos reemplazarla o reemplazarlo, pero sí esperamos que sigan las normas cuando están con nosotros.


Convivir con alguien que nos ignora o que se muestra abiertamente hostil puede resultar agotador. Recordar que no es algo personal ayuda a mantener la cabeza fría y a tratarlo siempre con respeto, como deseamos ser tratados nosotros.

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